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OPINIÓN: Burocracia sin sentido, desperdicio de cerebros

Por Amaury Pineda

Si usted se ha preguntado alguna vez ¿Por qué hay que legalizar un acta de nacimiento, u otro documento emitido por una oficina pública? ¿Por qué hay que renovar el pasaporte cada 6 o diez años, si no hay cambios en la información que contiene? O ¿Por qué hay que llenar el formulario internacional de embarque en un papel cuando los agentes de migración ya tienen tu información en computadoras y lo que no tienen pueden preguntártelo? Entonces, siga leyendo este artículo.

En su obra maestra “Economía y Sociedad” (1978), el sociólogo Max Weber definió tres tipos de autoridad política: 1) autoridad carismática (ej. la que ejerce el pastor en una iglesia), 2) autoridad tradicional (ej. la que ejerce la Reina Elizabeth II) y 3) autoridad legal (la que ejercen los gobiernos en sociedades democráticas). Esta tipología se debe, según explica Weber, al origen de la legitimidad que tiene cada tipo de autoridad.

Primero, la legitimidad del líder carismático proviene de las bondades y virtudes casi místicas que se le atribuyen a dicha persona. Segundo, la legitimidad de la autoridad tradicional proviene de la costumbre, las ordenes se obedecen porque así siempre ha sido. Y, tercero, la legitimidad de la autoridad legal emana del orden racional y jurídico. Es decir, que las reglas se obedecen porque son creadas dentro de un sistema normativo que las personas reconocen como coherente y lógico para el funcionamiento de la sociedad.

Para Weber, la burocracia es el ejemplo por antonomasia de la autoridad legal. Sin embargo, poco hay de lógico en hacer una fila para solicitar un acta de nacimiento, otra para legalizarla (lo que sea que esto signifique), otras dos para solicitar el pasaporte y pagar los impuestos, y otra más para la entrega del documento. Mucho más efectivo sería solicitar vía web o en casilla única el pasaporte y que todos los requisitos para el mismo se tramiten internamente y de manera electrónica de institución a institución. Entonces, ¿Por qué no hacerlo así?

Los tres argumentos (excusas) más populares son que el gobierno quiere recaudar más fondos, que quiere aumentar la nomina o que no tiene la capacidad tecnológica para hacerlo. El primer argumento es una falacia. Como indiqué en mi artículo “El déficit fiscal, ¿mito o realidad?”, en países soberanos que emiten su propia moneda, los gobiernos no necesitan de impuestos para financiarse, pueden emitir de manera física y digital (expansión cuantitativa) el dinero que necesitan para el pago de sus obligaciones.

Además, si el objetivo realmente fuese recaudar fondos, el gobierno bien podría cobrar los mismos impuestos y reducir la cantidad de empleados (de la forma que describí más arriba) para reducir sus costos y así maximizar las ganancias. Cualquier empresario podría desarrollar esta idea sin mayores complicaciones. Por consiguiente, no es cierto que el estado tenga algún interés en solo recaudar más fondos.

La siguiente razón es mantener o aumentar la nomina. Ciertamente, los gobiernos y políticos de turno pueden beneficiarse con tal estrategia. Sin embargo, esta acción debilita el aparato económico y productivo porque saca del mercado a potenciales empleados que los emprendedores necesitan en sus negocios como mano de obra activa o de reemplazo. Y lo más importante, se desperdicia un cerebro.

En este punto quiero destacar que no toda la burocracia es absurda. Muchas posiciones públicas tienen funciones bastante útiles y necesarias. Por ejemplo, los inspectores de Pro Consumidor, el secretariado de los tribunales, los agentes de migración, etc. No obstante, considero que la burocracia que opera en la emisión y legalización de documentos que van a ser utilizados en otra institución pública es irrelevante. El gobierno puede ahorrarles a los ciudadanos muchos tramites y emplear a estas personas en oficios más útiles dentro del mismo estado, si ese es el objetivo.

El tercer argumento es que no hay estructura tecnológica para reducir todos estos pasos. Evidentemente, esta es una excusa vaga. Aún en los casos de actas de nacimiento que no han sido digitalizadas, sería más eficiente que un empleado las escaneara o les tomara una foto y las enviara a Pasaportes. Así, el ciudadano no tendría que movilizarse y hacer otra fila para obtener el documento final. El gobierno puede empezar con los recintos que ya tienen acceso a internet y luego expandir el alcance hasta cubrir el territorio nacional.

Es más, si se solicita la renovación de un pasaporte ¿Para que requerir otra acta de nacimiento? ¿Acaso no tiene Pasaportes toda la información de la persona en sus archivos? ¿No tiene el Pasaporte vencido toda la información que se necesita para hacer el nuevo? ¿Por qué no solo cambiar la foto, si el resto de la información probablemente no ha cambiado? Es claro que el gobierno tiene herramientas para transformar estos procesos. Entonces ¿Cuál es la razón de no cambiar?

Pienso que para responder a esta pregunta hay que ir a la literatura. En sus obras, el autor Franz Kafka describía laberintos burocráticos que frustraban a sus personajes en una cadena circular de procesos inútiles y sin sentido. El concepto kafkiano sirve para definir situaciones donde el objetivo del sistema burocrático no es ofrecer un servicio sino perpetuarse así mismo. Por ejemplo, en su novela “El Castillo” (1926), Kafka narra como K. (el protagonista) lucha infructuosamente contra el aparato burocrático solicitando una audiencia con la autoridad que podría solucionar su problema, solo para terminar dando vueltas de una oficina a otra de papeleo en papeleo.

La burocracia que gobierna los procesos absurdos a los que nos tenemos que someter los dominicanos es un ejemplo kafkiano de un sistema cuyo interés es perpetuarse a si mismo. Basta con preguntarle a cualquiera de estos empleados públicos sobra la necesidad de tener que dar tantas vueltas. Ellos mismo reconocen el sin sentido del papeleo que a diario tienen que realizar. Y lo peor de todo es que no hay a quien culpar por esto.

La rutina ha legitimado el sistema burocrático inútil al punto tal, que en vez de preguntarnos la sobre la necesidad de dar todos estos pasos, nuestro único objetivo es tratar de salir del laberinto lo más rápido posible.

Puede que, en su momento, hubo razones validas para que el ciudadano sea el que físicamente solicite y lleve documentos de una oficina pública a otra. Sin embargo, la tecnología ha superado estos procesos. La única razón para seguir en este circulo es que el aparato burocrático mismo, en aras de perpetuarse, se alimenta de nuestro afán de repetir lo acostumbrado.

Estos procesos burocráticos no fueron creados por leyes caídas del cielo. Aunque los personajes de Kafka no tenían escapatoria, nosotros no estamos condenados a vivir en un sistema kafkiano. En nuestras manos esta el poder para escapar a estos laberintos reinventando procesos más coherentes y útiles.

Referencias:

Kafka, F. (1926). El Castillo. Kurt Wolff

Weber, M. (1978). Economía y Política. University of California Press

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