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OPINIÓN: La dominicanidad en Hostos

16_08_2019 HOY_VIERNES_160819_ Opinión11 A
Eugenio María de Hostos
Por: Diómedes Núñez Polanco

El pasado domingo se cumplieron 116 años del fallecimiento del maestro y prócer Eugenio María de Hostos. Con ese motivo publicamos fragmentos de textos de nuestra autoría sobre su entrañable relación con la República Dominicana:


I
Ellos se encontraron en el bosque de libros de la Carnegie. Don Adolfo de Hostos fue el testigo de excepción en aquella biblioteca de sueños. Hostos y Juan Bosch, dos vidas y un pueblo solamente. Era el San Juan de 1938. No solo se trataba de patriotas, forjadores de mundos nuevos. Además, amazonas de amor, generosidad, ternura. De sus aventuras brotaban libros, escuelas, periódicos, tribunas, auroras. Fueron inmigrantes, caminantes, peregrinos, como: Bolívar, Martí, José de San Martín, Duarte, Gómez, Luperón, Benigno Filomeno de Rojas y tantos otros.

Fue tal la conmoción que recibió Bosch en lo más hondo de su ser al conocer la obra del maestro, que lo marcó hasta la eternidad. Por eso, en Hostos, el sembrador, advierte:
“Si mi vida llegara a ser tan importante que se justificara algún día escribir sobre ella, habría que empezar diciendo: Nació en La Vega, República Dominicana, el 30 de junio de 1909, y volvió a nacer en San Juan de Puerto Rico a principios de 1938, cuando la lectura de los originales de Eugenio María de Hostos le permitió conocer qué fuerzas mueven, y cómo la mueven, el alma de un hombre consagrado al servicio de los demás”.

II
Llegó por primera vez a tierra dominicana el 31 de mayo de 1875. Luego escribiría: “Ignoraba que allí había yo de conquistar algunos de los mejores amigos de mi vida”. Conoció al general Gregorio Luperón, a Segundo Imbert, a Federico Henríquez y Carvajal. Aunque en agosto de ese año elabora el plan de Escuelas Normales para la República, es el 5 de marzo de 1876 que funda La Educadora, sociedad-escuela destinada a “popularizar las ideas del derecho individual y público, el conocimiento de las constituciones dominicana, norteamericana, latinoamericanas, y los principios económicos-sociales; en resumen: educar al pueblo”.

Pero sería en el segundo período (1879-1888) de sus tres permanencias en nuestro país, cuando la Escuela Normal de Santo Domingo abrió sus inscripciones el 14 de febrero de 1880 en la calle de Los Mártires (hoy Duarte) núm. 34. Las labores se iniciaron el día 18. “La instalación de la Escuela Normal -escribe el Maestro- se hizo como se hacen las cosas de conciencia: sin ruido ni discurso. Se abrieron las puertas y se empezó a trabajar. Eso fue todo”.

III
Después del triunfo de la Guerra de la Restauración y la consecuente recuperación de la soberanía frente a España, los gobiernos del Partido Nacional o Partido Azul, liderado por Gregorio Luperón, desarrollaron políticas y acciones que contribuyeron a consolidar lo nacional y la dominicanidad. Sus huellas se sintieron especialmente en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX. El artífice de ese trascendental proceso fue el maestro Eugenio María de Hostos, quien define a Luperón, símbolo principal de esa etapa de cambios en la República, de la manera siguiente:
“La segunda guerra de la independencia dominicana tuvo muchos guerreros y patricios dignos de la empresa que la dignidad de la nación encomendó al patriotismo de sus hijos. Pero, entre ellos, ninguno que personificara con más ardor que el general Luperón, el deseo de reconquistar la autonomía nacional”. En su Diario personal, el autor de La peregrinación de Bayoán, escribiría el 28 de febrero de 1876: “…profunda e indecible satisfacción el hallar en Luperón al tipo que buscaba en mis largas e incesantes meditaciones de pensador sobre las cosas de nuestras Repúblicas hispanoamericanas”.

Hostos, nacido en Puerto Rico, pero acogido por todos como hijo de la tierra dominicana, además de ser el padre de la educación moderna en nuestro país, se sintió unido a las más profundas esencias de lo dominicano. De todos sus significativos aportes a la República, se destaca la creación de la Escuela Normal de Santo Domingo, en febrero de 1880, y apadrinó en 1881 la fundación del Instituto de Señoritas, a cargo de Salomé Ureña de Henríquez. Ambas instituciones dejaron huellas imborrables en varias generaciones de dominicanas y dominicanos.

Para Hostos, Salomé “Era el alma de una gran mujer hecha institución, y que al hacerse conciencia de la mujer dominicana, pues en favor de la obra de bien, la voluntad primero, de todas las mujeres de la República y la conciencia después de la sociedad entera”.

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