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OPINIÓN: Anomia social en RD

Por Rubén Moreta

Durante el año 2017, la sociedad dominicana fue estremecida por sucesos violentos, degradantes de la dignidad humana, de las buenas costumbres y de la sana socialización. 

El caso del brutal asesinato de Emely Peguero nos afligió a todos, por la forma sanguinaria como se produjo. Sucedió lo mismo con otras jovencitas asesinadas en los poblados de Fantino y Nigua, con patrones carniceros que aniquilaron nuestras defensas psicológicas. 

El crimen salvaje de mi gran amigo y compañero de trabajo en la UASD, Yuniol Ramírez, fue otro suceso que encogió al país (su secuestro en el campus universitario; propinarle un tiro en la cabeza y, moribundo, atarle al cuerpo una cadena con dos block y lanzarlo a un rio, para que se perdiera en sus profundidades).

A principio del fatídico año que despedimos, un joven acomodado - John Emilio Percival Matos- produjo robos y asaltos espectaculares, que parecían ser extraídos de un tráiler de acción al mejor estilo de Hollywood. 

La causa de toda esta hosquedad radica en la anomia social, la cual mantiene avinagrada a toda la república. Todo el cuerpo social de esta media isla está seriamente afectado de este cáncer, aunque las élites continúen con expresión sardónica.

La anomia y crisis moral que vive la República Dominicana es multifactorial. Pero el elemento central que en gran medida puede explicar la etiología del problema, radica en que los dominicanos hemos abdicado del deber, esa categoría fundamental que bien describe el ínclito pedagogo Eugenio María de Hostos. 

Hoy la familia dominicana es sacudida por una gran crisis ética y poco hacemos para reenfocarla hacia nobles propósitos. La república padece una inversión de valores que desdibuja los perfiles de nuestra socialización. Narcotraficantes, riferos y políticos corruptos son hoy los paradigmas, y eres exitoso solo si acumulas y exhibes mucho “cuartos”.

Nos han querido presentar a la República Dominicana como un idílico paraíso, del que la modernidad y fastuosidad se han adueñado, cuando en realidad la pobreza sigue siendo un problema social central.

Las décadas de crecimiento económico sostenido que ha tenido el país en los últimos cincuenta años, no han sido inclusivas. Se ha generado una abismal desigualdad social, que está incubando un gran estallido. 

Como nación, solo crecemos, pero no producimos desarrollo económico. Los de abajo son basureados, mientras la oligarquía afianza su poderío. Y nos entretienen con una “Constitución Progresista”, que otorga infinitos derechos, que resultan ser vacuos y filiformes epígrafes. 

Pero los medios de comunicación matizan el supuesto bienestar del país, a través de profusas campañas publicitarias. La saturación publicitaria es tal que los pobres ni siquiera saben que son tales, porque les hacen creer que viven en un país placentero, sucursal terrenal del “paraíso divino”.

Como derivación de la pobreza sobresale la delincuencia e inseguridad ciudadana, que mantienen en situación de hartazgo a las mayorías. 

Mi conclusión: las tres armas para encarar la anomia social en República Dominicana son: 1. reenfocar el modelo educativo para inducir el cambio social y político, 2. producir una redistribución de las riquezas nacionales, y 3. la implementación cabal de un régimen de consecuencias para aquellos que se alejen del cumplimiento de la norma, en especial los ricos, que evaden tributos y los políticos que roban. Esos tres elementos son la asignatura pendiente para la consolidación del estado social y democrático de derecho.

El autor es Profesor UASD.

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